Los relatos de Luisita
Se veía venir. El papá de una amiga le hizo la lucha a un cáncer por años. Dio la pelea y su familia también. Pero hace una más de un mes, le vino un bajón heavy. De todos modos uno guarda la esperanza. Pero en fin. Partió.
El velorio y el funeral fueron bien discretos. Tal como él quería.
Era, es, una familia chilena típica. Papá, mamá, hijas, perros, casa. Nos conocimos con mi amiga hace más de veinte años. Carretéabamos en su casa. Tomábamos once todos juntos. Y ahí, mil historias, mil conversaciones.
Mi memoria siempre ha sido tipo Doris; esa pececita de la película de Disney, «Buscando a Nemo», que al minuto no recuerda lo que le dijeron. No sé si será este el caso, de nuevo, pero en el funeral supe que el tío, como le decimos a los papás de los amigos, tenía como nueve hermanos. Y que «la tía», la mamá, seis.
-Montones de tíos y primos que nunca presentaste, le dije a mi amiga con sorpresa.
Punto a parte. Las dos patisueltas siempre buscamos «minos», el pincheo, y ella con tanto primo que nunca presentó. Eso pensé por un segundo esa tarde bien triste, en el velorio.
Me dijo que conflictos familiares los alejaron. Pregunté por qué – obvio, es parte de mi alma periodística – pero no se acordaban. O no querían hacerlo. En fin.

Cuento corto…
Al funeral llegaron dos hermanos de él. Otros ya habían fallecido y una, claro, no vivía en Chile. Los que llegaron, uno venía de Maipú y otra, no recuerdo. Obvio, no retengo tanta info. Pero ahí estaban los dos en primera fila. Muy emperifollados y con toda la solemnidad de que aquella ceremonia.
Los miraba desde la fila de atrás. Y desde ahí mi imaginación se echó a volar. ¿Cuándo habría sido la última vez que se vieron? ¿Qué conversaron? ¿Se habrán podido disculpar? O decirse unas últimas palabras amorosas que, por lo menos, apelaran a los recuerdos de niñez; a los momentos felices.
Se me pararon los pelos. Es que la historia, o parte de ella, que supe ese día, se asemeja mucho a una situación que estoy viviendo. Hermanos divididos, peleados, tristes, deprimidos. Con una espina en el zapato que de vez en cuando los hace recordar a esos hermanos que perdieron. A su sangre, sus primeros amigos.
Eso, sin darse cuenta de todos los coletazos de romper relaciones con un hermano. Sobrinos, primos, que nunca supieron de la existencia de uno del otro. O que se conocen vagamente.
¿Quiero que la próxima que vea a mi hermano sea en un cajón? O, que ellos me vean helada, sin decirles cuántos los quise o quiero, que los perdono, que en mi corazón guardo más momentos felices que tristes.
No. Me niego a que al final la historia con un hermano termine con un silencioso e implícito «nos vemos en mi funeral». En mi caso, no vale la pena.





