Por: Dr. Jaime Fauré, Investigador de la Universidad Andrés Bello

Este año, en la zona central, la pregunta más repetida sobre la escuela no es qué aprenden los estudiantes. Es si mañana hay clases. Se hace de noche, en los grupos de apoderados, a la espera de un anuncio que a veces llega pasadas las diez. La semana pasada, con diez comunas de la Región Metropolitana en alerta roja, la pregunta se volvió disputa. Los alcaldes de Las Condes y La Florida cuestionaron el regreso a clases, y desde el Ministerio de Educación respondieron que «las clases no deben suspenderse, salvo casos muy excepcionales».
Unos y otros parecen estar en veredas opuestas, pero plantean el problema de la misma manera: miden la escuela en días. Para unos, cada suspensión es un día perdido. Para otros, un día de clases bajo alerta es un riesgo. Y la regla es conocida: los días suspendidos se recuperan. La palabra es reveladora. Recuperar supone que lo perdido fue una cantidad de horas, y que basta con devolverlas —un sábado, una semana más en diciembre— para que la cuenta cuadre. Lo que vivieron los estudiantes esos días no entra en esa cuenta. Eso no se recupera. Se trabaja, o se deja pasar.
La frase del Ministerio merece una segunda lectura. Tratar la suspensión como algo excepcional era razonable cuando los temporales lo eran. Según la Dirección Meteorológica de Chile, al 21 de octubre habían caído en Quinta Normal cerca de 379 milímetros, casi un tercio más que el promedio de un año completo, y todavía quedan dos meses de año. Es el año del temporal de julio, del aluvión que el 8 de octubre bajó por San Carlos de Apoquindo y de los sistemas frontales que vinieron después. La excepción se volvió calendario.
El problema, entonces, no es que las autoridades decidan mal cuándo cerrar las escuelas. Es que esa decisión es casi la única para la que existen procedimientos. Hay planes de seguridad escolar, mesas técnicas, alertas por comuna y reglas para mover el calendario, todos pensados para el edificio y para el conteo de días. Muy poco está pensado para la mañana en que la escuela vuelve a abrir. La decisión de abrir se toma en una mesa técnica. La de qué hacer adentro la toma cada profesor por su cuenta.
Esa mañana, una profesora que quizás también pasó la noche en vela llega a una sala donde hay niños que fueron evacuados, otros que vieron por televisión cómo el agua arrastraba un bus y otros que solo supieron por el grupo de apoderados que había clases. Tiene además una unidad atrasada y evaluaciones de fin de año que no se van a mover. Lo que haga con lo que pasó queda a su criterio y a su tiempo. Y el tiempo es justamente lo que el calendario ya le quitó.
Las razones para no suspender son serias. Para muchos niños, la escuela es el lugar más estable cuando todo lo demás se desordena: adultos que los conocen, rutinas reconocibles y, para una parte importante, el almuerzo más seguro del día. Cada suspensión obliga además a muchas familias a elegir entre cuidar a sus hijos o ir a trabajar. Defender las clases es, en ese sentido, defender a los estudiantes. Pero abrir la escuela no es lo mismo que educar en ella.
Lo que está en juego esa mañana es también lo que los estudiantes aprenden sobre sí mismos. Un niño pasa la noche escuchando la lluvia con miedo y al día siguiente encuentra la clase de fracciones exactamente donde había quedado. Su profesora no lo hizo por indiferencia. El calendario no le dejó otra salida. Pero ese niño aprende algo que no está en el programa: que lo que le pasa fuera de la sala no tiene lugar dentro de ella. Repetida un temporal tras otro, esa experiencia va formando una idea de sí mismo como aprendiz: alguien cuyas preguntas sobre el lugar donde vive no son preguntas de escuela.
La pregunta de si mañana hay clases seguirá haciéndose cada vez que llueva fuerte. Pero hay otra que nadie anuncia de noche: qué clase habrá cuando las haya. En Las Condes, el delegado presidencial vinculó el aluvión con un incendio anterior que había dejado la ladera sin vegetación. Por qué un cerro que se quemó puede venirse abajo meses después es una pregunta de ciencias, de historia y de ciudadanía a la vez. Para seguir enseñando, basta con que la escuela abra. Para educar, hace falta que lo que pasó afuera pueda entrar.





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